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Poemas de Matilde Casazola

en Textos de escritores bolivianos 16 octubre, 2020

Poema XIII

¡Oh, poder prolongar estos instantes
Toda una eternidad!
No estoy triste ni alegre,
sólo estoy caminando por la calle empedrada
y no sé ni siquiera si es verdad que le quiero.

La lu juega en las piedras,
en mi boca dibujo una sonrisa
de extraña procedencia
y alargo mis pisadas intencionadamente
porque no quiero que este sueño acabe.

¡Oh, seguir caminando de este modo
sin preguntarme nada!
repitiendo mis pasos
indefinidamente
por la calle empedrada…

(Del poemario Los ojos abiertos (1967), Parte I, poema 13)

Poema III

El día está completo;
con su sol
su promesa y su agonía.

Con sus largas cadenas oxidadas
y con una sencilla flor de vez en cuando
perfumando las dichas pasajeras,
y un pájaro soñando en alta rama.

¿Por qué no te contentas
con la imagen que el día te completa?

En vano es preguntarte,
si en loca ronda quemas de antemano
tus más preciados soles.

Prisa de andar
prisa de amar muriendo;
de desangrarte en tiempo.

Prisa de conocer lo inalcanzable
Corres descalza, sin acordarte de tus zapatos viejos.

¿Para qué, me pregunto, si el día está completo?
Con su sol, su promesa y su agonía.

Ah, en loca ronda pasas a través de las horas
y nada te conforma.

Un éxtasis quien sabe
Madrugador, te quemará las prisas…

Canción para después,
porque todos alcanzamos a la muerte algún día.

(Del poemario Los racimos (1985), Parte I, poema 3)

Poema VII

He recorrido locas geografías
tratando de encontrarte.

Pero tú estás
más allá
de toda posibilidad terrestre.
Más allá
de la primera claridad madrugadora
más allá
del imperceptible movimiento
de las hojas sin viento
más allá
del hechizado vuelo
del picaflor parándose en el aire.

Tú no estás en ninguna de las cosas, sino sobre todas ellas.
Palpando con tus dedos de celestes asombros
y terribles certezas
el cómo y el por qué;
las realidades truncas
de cada muerte prematura;
controlando la marcha de tu reloj enorme.

Pescador venturoso
de inacabables maravillas,
¡dónde encontrarte
yo,
infinitesimal latido,
si tú eres quien mueve mis hilos? . . .
¿Dónde encontrarte,
pescador fabuloso de redes agilísimas?

Mis pies se tambalean
y mis manos se agitan impotentes.
He recorrido locas geografías
tratando de ubicarte.

Encendedor de astros
¿dónde?
si tú estás más allá
de toda posibilidad terrestre.

(Del poemario Los racimos (1985), Parte I, poema 7)

Poema XIII

Hay que hacer muchas cosas todavía;
barrer el patio
regar las margaritas
sacudirnos las alas, y pintarlas de nuevo
con los colores que nos presta el día.

Cantar en la guitarra
y echar al viento las semillas
y acurrucar en un altar secreto
las penas nuevas que nos guarda el día.

Y aprisionar la sombra
(ella sufre tremendas pesadillas)
es nostálgica y llena de locuras;
nos vuelve trágicos a mitad del día.

¡Hay que hacer muchas cosas!
abrir el sol, levantar nuestras cortinas,
que ya tendremos tiempo suficiente
de beber sombras cuando acabe el día.

(Del poemario Los racimos (1985),
Canciones, consejas y cansancios, poema 13)

Poema XI

Los niños que en mis sueños
se agolpan en las ventanas
para mirar adentro,
son todos niños morenos
tienen las manos grandes
extendidos y abiertos
los largos dedos.

Manos vacías de panes
y repletas de anhelos,
son manos que hablan
por sí solas.

Los niños que veo en sueños
tienen cabellos obscuros
y enredados,
ojos negros
brillantes como semillas
absortos en su deseo.

Pareciera que no pueden
abrirse más
pero se abren un poco más todavía
que eso.

Los niños que se agolpan
en las ventanas
para ver lo que hay adentro,
tienen marcados los pómulos
las frentes duras
las bocas
dulces.

Siempre veo niños de ésos
en mis sueños.

Están alrededor de mis jardines
donde blancos jazmines
se yerguen majestuosos.

Alrededor de mi mesa
donde humeantes manjares
aturden mi pobreza.
Están en todas partes:
mirando el fuego
que en frías noches arde
entibiando mi cuerpo.

Beben de mi aire
y lo amotinan
con sus manos vacías
con sus ojos abiertos
y con sus pues curtidos
en noches tensas de vigilia

A veces me sonríen
y reflejan
astros
en mi alma.
Quiero tenerlos conmigo
Los llamo,
Pero no entienden las palabras que digo

porque los niños están
detrás de las ventanas.

(Del poemario …y siguen los caminos (1990), I, poema 11)

Poema III

Eran dos ojos, dos hermanos
que se daban la mano.
Eran dos ojos, dos paisanos
Que habitaban lugares cercanos.
Era un monte que había que cruzar
Que subir
Para llegar de uno hacia el otro:
una sola nariz,
desafiante
al medio de ambos.

Era una sola boca
decidora
de frases incoherentes
o bonitas,
de frases hirientes
que, como hormigas,
negrean en su púlpito sagrado.
Eran también dos túneles
a los costados:
dos orejas, tubos bien logrados .

Era un paisaje
extraño,
provocativo,
dulce y áspero.

Ay las estrellas
que se encienden y se apagan.
Ay los cabellos
Que enmarcan ese cuadro.

Eran dos niños que crecían
que no dormían no dormían
para descubrir el lugar
donde el tesoro está enterrado.

Era un rostro gentil
y simétrico,
sin saliente demás
ni hueco.

Las arrugas vendrían después
y las heridas
profundas
que alterarían
sus ámbitos perfectos.

(Del poemario Los cuerpos (xxx), poema 3)

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