Blog

Poemas de Don Jaime Mendoza

en Textos de escritores bolivianos 11 septiembre, 2020

Sucre, en una noche de luna

Dormida está la ciudad
Y en medio cielo la luna
Boga apacible cual una
Barquilla en la inmensidad.

La atmósfera transparente
Parece un cristal. La noche
Ya no es noche, es un derroche
De luz en todo el ambiente.

La plaza está sola; el viento
Inmóvil; entre el follaje
Se divisa el balconaje
De las casas, soñoliento.

Allá miro el campanario
De la vieja catedral
Con no sé qué de espectral
En su aspecto legendario.

Las calles están desiertas:
Nadie, nadie. Sólo el alma
De la luna. ¡Cuánta calma!
Las calles parecen muertas.

Encima de las techumbres
Y bajo la Cruz del Sur
Dibujan en el azur
Los rojos cerros sus cumbres.

Esos cerros me parecen
Dos gigantescos guardianes
Que están de pie ante los manes
De mis padres. Me entristecen.

Cerros míos, ¡qué gran mar
De las cosas que se han ido
Vosotros habéis sentido
A vuestras plantas pasar!

Y todavía, ahora mismo
¿no estáis viendo ¡oh, sortilegio!
El antiguo cuadro regio?
¡Oh, qué bello anacronismo!

Es la ciudad colonial
La docta, noble y togada;
La ciudad privilegiada,
La ciudad arzobispal.

Es Chuquisaca. ¡Oh fortuna
Ved aún cómo se destaca
Esta antigua Chuquisaca
En una noche de luna!

Brillan cual sumisa grey
Sus torres alabastrinas,
Sus bóvedas bizantinas
Sus obeliscos del Rey.

Brillan altos y vistosos
Sus balcones medievales
Y entre rejas y cristales
Sus claveles milagrosos

Brillan sus mismas veredas
Con sus pedruscos plomizos
Sus aleros voladizos
Y sus claras fuentes ledas

Todo igual o casi igual
Al tiempo de San Alberto
Y todo como cubierto
Por un inmenso fanal.

Suenan las doce en la torre
De la vieja catedral
Y ese grito de metal
Solemne en el aire corre.

Absorto alzo la cabeza
Y allí callados y fríos
Contemplo a los cerros míos
Mirándome con tristeza.

¡Oh, cerros de mi querida
Ciudad, cerros de Charcas
Que os alzáis cual dos patriarcas
Junto a su prole dormida!

¡Cerros sed buenos augurios,
Sed siempre los protectores
Del pueblo de mis mayores,
Del pueblo de Pedro Anzúrez!

¿DÓNDE?

– ¿En dónde, en qué morada,
en qué país incógnito
has aprendido, bardo,
tus cantos misteriosos?
¿Qué genio extravagante,
qué numen caprichoso,
qué maestro te ha inspirado
esos extraños tonos
que suenan al oído
cual alaridos sordos
o cual fervientes himnos
de un ángel o un demonio?

– Ven. Entra de mi espíritu
en el país recóndito:
allí, tácito, habita,
y siempre, siempre solo,
un ser.  Él es mi maestro.
Pregúntale.  Mas ¿cómo
podrá decirte nunca
lo que yo mismo ignoro?

LOS HE VISTO VOLVER

I

Los he visto pasar… Todos corrían
cantando alegres y bebiendo vino,
y todos conversaban y reían.
Y al mirarme sentado en el camino,
todos, con extrañeza, me decían:
“¿No vienes con nosotros, peregrino?”

II

Los he visto volver… Todos volvían
mustios, cansados, sin valor, sin tino,
y ya no conversaban ni reían.
Y al mirarme sentado, en el camino,
todos, con amargura, me decían:
“Tienes razón, no vayas, peregrino”.

ALMA DE LAS COSAS

En esta hora
llena de melancolía
me acerco al estanque.
La tarde agoniza;
el huerto está mustio;
el cielo es de lila;
el aire está inmóvil;
el agua, dormida.

Me siento a la vera
del estanque… Brillan
ya allí las estrellas
que el cielo le envía.
Y un lozano sauce
con ellas se mira
en el claro espejo
del agua dormida.

Alma de las cosas,
mi alma en ti se infiltra:
ya no soy un hombre
sino una partícula
de la luz que muere,
del cielo de lila,
del huerto, del sauce,
del agua dormida.

¡TAN GRANDE SE CREÍA!

Tan grande se creía,
que en medio de su orgullo
y de su inmenso anhelo,
hallando estrecho el mundo,
buscaba otras esferas,
trazábase otros rumbos,
vagaba entre los astros,
indagaba lo oculto
y hasta el cielo se alzaba
buscando a Dios augusto,
y ni aún así colmaba
su extraño y loco impulso.

Pero hoy tanta grandeza
halló por fin un punto
donde ha cabido toda:
– ¿En dónde?
– En  un sepulcro.

PACHA MAMA (I)

Ese olor de la tierra humedecida
me sugestiona… ¡Delicioso olor!
Siento el llamado de una nueva vida;
un ansia indefinida,
un misterioso amor.

Tierra querida, almáciga fecunda,
¿Cuándo vendrá la gloria para mí
de que mi cuerpo en tus entrañas se hunda
y todo él se transfunda
en ti, no más que en ti?

Quiero pronto dormir en tu almo lecho;
quiero darte mi amor, mi juventud.
Quiero ser tuyo en el sepulcro estrecho,
y que entre ti y mi pecho
no haya ni el ataúd.

(Del poemario: “Voces de antaño”)

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *